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Los rituales de la locura

Una representación mágica 

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En sus rituales, los magos emplean luz, color, sonido y una gran dosis de teatralidad para enfocar la mente hacia una idea concreta, hacia un factor universal. Si, por ejemplo, un mago contemporáneo desea concentrarse en el ideal de poder benévolo, para colmar con él su mente y espíritu, «invocará a Júpiter». En otras palabras, será el actor principal o único de la «representación de un misterio» en el que se identificará a sí mismo con Júpiter y se rodeará de decorados tradicionalmente asociados con esté dios y con sus atributos. 

Dentro de su círculo mágico marcará un cuadrado o una estrella de cuatro puntas (cuatro es el número sagrado de Júpiter) con tizas o pinturas de los «colores de Júpiter», o sea violeta, púrpura y sombras de azul. Decorará su «templo», la habitación donde lleva a cabo las ceremonias, con hojas de roble y álamo, que ya en la época clásica se asociaban con este dios. En su incensario o pebetero humearán, sobre un lecho de carbón vegetal incandescente, madera de cedro y azafrán, los perfúmenes de Júpiter. Si el artífice es uno de los pocos magos que emplean drogas, también habrá introducido en el incensario un poco de opio, o lo habrá fumado antes de comenzar el ritual. 

Cuando todo esté ya a punto para representar el misterio de Júpiter, el mago interpretará su papel identificándose con el dios, exactamente igual que un actor se identifica con el personaje que representa. Cada palabra que el mago pronuncie durante su actuación, cada uno de sus actos, cada canto al «Nombre del Poder» estará asociado con los principios jupiterianos de poder benevolente. Al final del ritual la mente del mago, si todo ha ido como estaba previsto, estará completamente llena de ese principio con exclusión de todas las demás cosas. 

Este es exactamente el mismo método que emplean políticos y estadistas. Tomemos, por ejemplo, un desfile de Primero de Mayo de cualquiera de los países del Este. Las banderas rojas ondeando, las fotografías de héroes y mártires que presiden la ceremonia, los miles de puños alzados y de pies marcando el paso, y sobre el estrado donde se hallan los líderes del Partido, las grandes fotografías con aire romántico de Marx, Engels y Lenin: todo ello constituye el equivalente político de los instrumentos y de la decoración del templo del mago. No hay duda de que la conciencia de los observadores y participantes en la ceremonia revolucionaria sufre un cambio: se sienten partícipes de un gran ejército en marcha, de una ola de progreso destinada por las leyes de la historia a destruir todo lo que se interponga en su camino para crear un mundo nuevo y mejor. 

Los grandes maestros de este género de «ritual político mágico» fueron los dirigentes del partido nazi. De hecho, algunos ocultistas han llegado a afirmar que Adolf Hitler y sus colaboradores más allegados habían estudiado las técnicas de las ceremonias ocultas y las habian aplicado deliberadamente con fines políticos. Sin embargo, no existen suficientes pruebas de ello, aunque parece seguro que durante un periodo de su juventud el futuro Führer leyó gran cantidad de libros sobre ocultismo. Lo que si es evidente es que, en las masivas asambleas nazis que solían celebrarse en Nüremberg, las complejas ceremonias que tenían lugar en el estrado estaban pensadas para que ejercieran un efecto determinado sobre la mente tanto de los que participaban en el acto, como de los que más tarde verían los documentales por ejemplo, El triunfo de la voluntad- en el cine.


 

 

Las fanfarrias interpretadas por bandas ataviadas con trajes tradicionales, los espectaculares uniformes negros y plateados de las SS, las marciales marchas militares tocadas ante las masas y los conciertos de música wagneriana que generalmente precedían a los encuentros, comenzaban a despertar la nueva conciencia y a provocar una asociación mental con las ideas de la tradición y el mito germánico, la gloria militar y el nacionalsocialismo. En las asambleas propiamente dichas, las innumerables banderas con la esvástica de color negro, blanco y rojo, combinación tradicionalmente asociada con la guerra, el terror y la muerte traían a la mente de los participantes toda la ideología nazi. La precisión coreográfica de los movimientos de los miembors de las SA y de las SS con sus camisas pardas y negras, actuando al unísono, como guiados por una mente colectiva, sacaban del subconsciente aquellos arquetipos de violencia y fuerza que para los hombres de la Antigüedad habían simbolizado los dioses de la guerra, Marte y Ares.

El punto culminante, el rito principal de estas asambleas la ceremonia de consagración por Hitler de nuevas banderas con la esvástica, en el transcurso de la cual éstas tocaban la «bandera ensangrentada» que él y otros habían llevado en el fracasado putsch de Munich de 1923- era el elemento más poderoso del repugnante «montaje mágico» nazi. La emoción que todo ello provocaba era tal, que las mentes de los nazis vivos quedaban en cierto sentido conectadas con los pensamientos y acciones de los mártires muertos del nacionalsocialismo. Era casi un sacramento.

El aspecto mágico o cuasirreligioso de estas asambleas quedaba realzado por el hecho de que se llegaba al clímax siempre cuando había oscurecido; el acto se desarrollaba en lo  que Albert Speer, el brillante tecnócrata describía como «una catedral de luz», un espacio abierto rodeado por haces de luz, similares a los pilares de la arquitectura gótica, que tenían su origen en una serie de focos antiaéreos dirigidos hacia el cielo.

Los encuentros de Nüremberg lograban su finalidad. La inmensa mayoría de los testigos  participantes quedaban con la mente llena de  ideas de gloria, esfuerzo y autosacrificio por el bien de la raza aria. Si un experto ocultista hubiese dedicado años a planear el ritual para «invocar a Marte», difícilmente hubiera conseguido  algo tan efectivo como las ceremonias de Nüremberg.

Destruidos por los dioses 
Algunos ocultistas afirman que quienes evocan a los antiguos dioses en las profundidades del  subconsciente corren el riesgo de resultar destruidos por ellos. Ciertamente, muchos de los jóvenes que invocaron a Marte en Nürermberg cayeron finalmente víctimas del temido dios, ya fuera en Stalingrado, en Kursk o en el terrible asedio final de Berlín.

Actualmente, ningún político lleva a consciente o inconscientemente, ceremonias «mágicas» tan impresionantes o siniestra como las de Nüremberg. Pero en otros aspectos de la vida contemporánea, como son los actos religiosos o incluso los conciertos de rock que  tienen lugar ante grandes multitudes, puede observarse la misma utilización de luz, color y sonido para alterar los sentimientos y pensamiento  del auditorio. Por ejemplo, los que tuvieron la oportunidad de ver actuar a la malograda cantante norteamericana Janis Joplin , presenciaron un ritual evocador del espíritu de Venus tan efectivo como el que pudiera llevar a cabo un mago del presente o del pasado .

 

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